viernes, 20 de abril de 2018


¿Qué hay detrás de cada vela que se apaga?

Yumey Zetina Salgado

Amaba vivir en medio del campo y del movimiento de los árboles, pero odiaba la lluvia. De niña, cuando escuchaba los relámpagos, sabía del caos que se avecinaba. Mientras el viento azotaba nuestra casa de cartón y madera y el agua luchaba por hacerse camino entre las múltiples goteras, yo rezaba para que el techo de la casa no se desprendiera.
Sí, la lluvia era mi debilidad, en cambio, amaba la taza de café con tortilla recién hecha que desayunábamos todos los días, y el mismo caldo de frijoles negros a la hora de la comida, a excepción de los días que había dinero, cuando lo acompañábamos de arroz. En la noche era otra cosa, pues mamá nos daba el café con un toque de leche y 5 galletas de animalitos. Contrario a lo que cualquiera podría pensar, comíamos bien a comparación de nuestros vecinos y éramos felices, a pesar de vivir en un lugar tan olvidado de Dios, donde la tierra era tan estéril que no dejaba ya vivir del campo, y donde los niños no conocíamos de la electricidad o las ventajas de un médico. Nos conformábamos en ese lugar donde ningún camión pasaba, y había que hacerse de tres horas a pie para encontrar un transporte a la ciudad.
La Navidad era mi época favorita, pues mi padre procuraba llegar con medio kilo de carne y con eso hacíamos un festín para dos adultos y tres niños. Además, nos obsequiaba una paleta de caramelo a mí y a cada uno de mis hermanos. Era algo tan alucinante para nosotros que al día siguiente, en la tarde del 26 de diciembre, después de comer, nos sentábamos frente a nuestra casa, en el Gran Árbol, y con suma religiosidad lamíamos nuestro caramelo hasta que se agotaba. Cada uno, guardaba ese momento hasta el próximo año.
Sí, aunque éramos felices en nuestra austeridad, mis hermanos y yo, sabíamos que había algo más allá afuera. Mi padre también lo sabía, por eso nos prometió que algún día saldríamos a estudiar, decía que esa era la única forma de alcanzar la libertad. No entendimos en ese momento a qué se refería, hasta que tiempo después, con algo de esfuerzo, nos enseñó español y nos enseñó a leer para darnos acceso a los únicos tres libros que había en casa. Ahí entendí lo que decía mi padre.
Mi hermano fue el primero en irse. Regresaba en vacaciones pero siempre volvía más enojado.
¡Nos arrebatan nuestros derechos, nos arrebatan nuestras tierras!, murmuraba, y yo no entendía. Uno de esos días, escuché a mi madre llorar; mi padre y él discutían por algo que no debía hacer. Al día siguiente se despidió de todos. A mi hermana y a mí nos abrazó y nos dijo que algún día tendríamos la vida que todo mexicano se merece. Se marchó, pero en las próximas vacaciones no regresó.
Poco tiempo después, mi amado hogar lleno de paz, se volvió un lugar de miedo. Decían que mi pueblo estaba lleno de gente mala, como esos muchachos con ideas de inestabilidad que había que aplacar. Estaba prohibido decir: Muera el mal gobierno. Cosas malas le sucedían a quien se atreviera a pronunciarlas.
Con lo poco que mi familia pudo juntar, me enviaron lejos, a trabajar a una casa de familia para poder estudiar. Pero mi hermana no quiso irse y dejar a mis padres. Rogó y lloró hasta que la dejaron quedarse.
Me prohibieron regresar en vacaciones. Pero antes de marcharme me dijeron: vuelve pronto por nosotros. Esa se convirtió en mi misión.
No pude volver a verlos. Mi padre murió. Una bala atravesó su cráneo, otras más atravesaron su cuerpo. Mi único consuelo es saber que no sufrió, que solo fue una luz que se apagó sin avisar y que su último pensamiento fue esa oración a Dios implorando por la pronta paz de nuestro pueblo. Esa paz que mi sobrino no alcanzó a conocer porque nadie le dijo a nuestros niños y a sus madres que debían correr. No tuvieron tiempo de mirar quién era el enemigo que se acercaba a sus espaldas.
Mi madre vio como cada una de esas vidas era arrebatada. Quiso sostenerlos en sus brazos, pero se los arrancaron. Ella estaba viva y eso era imperdonable.
Ella, que no había conocido otro amor más que el de mi padre, fue atravesada una y otra vez por ellos, mientras escupían en su cara. Y ahí, tras su celda, se preguntaba día tras día, noche tras noche ¿dónde estaba aquel que los vendría a salvar? Pero no había dioses, caudillos ni salvadores.
El silencio se apoderó para siempre de su alma que había quedado vacía, porque ahora, ante la luz del mundo, ella no era víctima sino otra culpable más.
Yo no pude estar ahí. Salí con la idea de brillar como Najat Vallaud-Belkacem, la pastora francesa que se convirtió en ministra de educación. O tal vez como Benito Juárez que pasó de indígena a presidente, o tratar de hacer un cambio como el luchador campesino Lucio Cabañas, pero lo único que obtuve fue su trágico final.
Estando afuera, por fin comprendí lo que sufría mi gente. Ellos me necesitaban. Yo creí que le traería a mi pueblo algo mejor. Lo que no sabía es que en la ciudad, lugar de Muchas Voces, se apagaría mi voz.
A cualquier lugar que llegaba solo había indiferencia y miradas duras. ¿Qué tan malo era ser indígena? Fui amable, fui atenta, fui capaz de sobreponerme a cualquier adversidad para escribirle a papá y mamá que todo estaba bien. Que el trabajo en la ciudad era duro, pero que aprender valía todo el esfuerzo.
Yo sabía que un día podría ofrecer a mi gente un lugar donde ser escuchados, que al fin tendrían un aliado de lado de la justicia, del lado de los grandes. Pero conforme mis logros fueron aumentando y mi voz se fue escuchando, me fui volviendo incómoda. Hasta que me apagaron.
Nadie estuvo ahí. Morí sola pensando en mis padres allá, en el pueblo, esperándome, pero no alcanzaron, afortunadamente, a enterarse del triste final de mi vida.
¿Acaso este era el fin? ¿Este es el mundo que nos corresponde a los inocentes? Es que nadie nos dijo que para ser libres había que morir. Nos enterraron un cuchillo y debíamos sucumbir...
Es ahora que comprendo aquellas palabras de mi madre cuando me hablaba de “los misterios de Dios”, que nada se debía a la casualidad y que todo tenía una razón de ser. Porque detrás de una luz que se apaga se encienden diez velas más. Detrás de una muerte hay vida, y detrás de cada vida hay esperanza.
Hoy, mi voz y tantas otras se han apagado, pero nada está perdido porque ahora son sus voces las que se hacen escuchar en memoria nuestra. Ante el murmullo de la indiferencia, no guarden silencio. Alcen la voz, no dejen de gritar.


Tu enemigo favorito

Por: Yumey Zetina Salgado

Él iba a ser un gran artista, un pintor que llevaría sus obras por el mundo. Saldría en los periódicos anunciado como uno de los mejores de su generación. El hombre que salió de un pequeño pueblo para ser reconocido en todo el mundo. Pero eso nunca pasó. Eso solo era un pequeño bosquejo de la memoria que nunca terminaba de irse, tal vez era la única humanidad que le quedaba. Ahora, de sus manos no escurría la tinta o el óleo. Escurría la sangre de todos aquellos que clamaron por su vida, que rogaron y se arrastraron sin conseguir el indulto. Los sueños del niño no eran la realidad del hombre.

Hoy tocaba el turno a una mujer. La querían muerta. Él solo era la mano ejecutora, le correspondía el trabajo sucio mas no la búsqueda. Al mediodía recibió un mensaje de texto: “La llevamos después de las cuatro”.
A él no le importaba quién llegaba, hombre, mujer, todos le daban igual; no les importaba su pasado o su inocencia, no tenía por qué interesarse en la vida de sus víctimas, él era un simple verdugo y seguía órdenes.
Eran casi las cuatro y media cuando escucho el motor de la ranger acercándose. En aquel granero a las afueras de la ciudad los sonidos eran más nítidos. Con impaciencia espero que la puerta se abriera.
Sabino y Esteban entraron con una mujer que tenía el rostro cubierto con una bolsa de tela. Vestía un pantalón de mezclilla, botines y una playera que dejaba percibir su silueta. Su ropa estaba manchada de tierra y un raspón escarlata iniciaba en su muñeca y terminaba cerca de su codo.
Esta pendeja trató de resistirse. No pensé que una vieja fuera a darnos tanto trabajo –se quejó Sabino.
La mujer permanecía callada, inmóvil y a Sombra su silencio le pareció irreal, apenas y percibía un ligero temblor de su cuerpo. Lo común es que las personas llegarán rogando, gritando y llorando desesperados; suplicaban por sus vidas porque Sabino y Esteban gozaban anunciándoles su muerte. Podía escucharlos decir: “Ahora sí ya te llevo tu puta madre, de esta no te salvas”.
Ahí te la dejamos Sombra, hazte cargo. El jefe quiere que haya mucho dolor, dijo que no le tengas lástima porque esta pinche reportera le causó muchos problemas con sus notitas pendejas. No quiere que quede nada de ella –le explicó Esteban–. Te esperamos afuera, tenemos una nevera llena, apúrate o te quedas sin nada.
Sabino y Esteban salieron y Sombra esperó hasta escuchar la música de banda a todo volumen que salía de la camioneta. Ellos siempre esperaban a que terminara el trabajo sucio, para después avisarle al jefe y deshacerse del cuerpo.
Una vez solos, observó a la mujer con indiferencia, era menuda y de piel clara. La empujó con brusquedad haciéndola caer de espaldas al suelo. Se agachó junto a ella y tomándola del hombro la sentó y le quitó la bolsa de tela que cubría su cabeza. Cuando la vio su rostro se contrajo en una mueca de espanto. Le pareció una pesadilla. Casi se cae de la impresión.
Observó el cabello castaño y desordenado, sus ojos marrones y los golpes que enmarcaban su rostro. Tenía el labio roto y un moretón en la mejilla izquierda. Ella estaba lívida, lagrimas silenciosas recorrían su rostro. Tenía la mira clavada en el suelo, el temor le impedía alzar la mirada.
Sombra tomó la barbilla de la mujer con manos toscas y la hizo mirarlo. Sí, era ella, aunque su mirada había perdido el brillo. Con suavidad, como si temiera que fuera a romperse, la hizo ponerse de pie. Ambos se miraron sumergiéndose en el pasado.
Sombra recordó el día que la conoció cuando estaban en sexto de primaria. Ella era la alumna nueva y él era el chico que todos rechazaban por ser pobre y llegar siempre despeinado, con la camisa amarillenta y pantalones viejos y remendados.
Había llegado la hora del recreo y todos salieron corriendo con sus bolsas del almuerzo. Ella era la novedad, así que se encontraba todavía en su lugar rodeada de varios de sus compañeros del salón que la acribillaban a preguntas.
Él se quedó en su asiento. No tenía amigos ni almuerzo, así que prefería quedarse en su banco dibujando historias que mas bien eran sus sueños de infancia. Tan absorto estaba en su labor que no se dio cuenta que Estela dejó el grupo que la rodeaba para acercarse a él.
Oye tú, ¿no vas a almorzar? –él negó con la cabeza sin levantar la mirada– Entonces ayúdame con el mío, mi mamá me dio dos tortas y dos manzanas –el niño le lanzó una mirada sorprendida y ella no hizo más que tomarlo del brazo obligándolo a levantarse de su asiento–. Anda, apúrate. Y trae tu libreta porque me gustan tus dibujitos.
Incluso ahora aún recuerda la mirada sorprendida de sus compañeros cuando ambos salieron del salón. Desde entonces se hicieron amigos y ella siempre llevaba almuerzo para dos.
Dejaron de verse en secundaria, ambos tenían catorce años. Los padres de Estela se habían divorciado y ella se iría a vivir con su mamá al norte del país. Ella le dio su teléfono en un pedazo de papel y pegó sus labios a los de él, despacio y temblorosa, apenas fue un roce.
Si algún día puedes, llámame, es la casa de los abuelos, viviremos con ellos –lo abrazo fuerte antes de irse.
Estela fue su primer amor y no esperaba verla de nuevo, no así. Muchas veces pensó en buscarla pero antes quería convertirse en pintor, algo que nunca sucedió. Sus manos jamás se mancharon de pintura, pero sí de sangre. El destino se había encargado de juntarlos nuevamente en fatales circunstancias.
Así que en esto te has convertido –susurró Estela comenzando a llorar con intensidad.
Nunca supe de tu regreso. En realidad ya no sé lo que pasa allá afuera –bajo la mirada avergonzado– ¿Qué has hecho para que quieran matarte?
Soy periodista y de seguro a tu jefe no le ha gustado mi investigación sobre desvío de fondos y la red de trata de blancas que destapé.
Sombra tomó asiento. Mil pensamientos se arremolinaban en su interior. Él era implacable, siempre cumplía órdenes sin dudar, pero esta vez todo era diferente. No tenía ya el control.
Anda, levántate –lo alentó ella con la misma decisión que la caracterizó siempre–. Sabes que tienes que hacerlo, no tienes opción. No alargues mi agonía.
Estela, lo siento tanto.
¿Sientes hacerlo o sientes ser un imbécil por haberte convertido en esto? Pero si no eras tú, iba a ser otro. Nada como que te mate un viejo amigo –quiso sonreír pero empezó a llorar más.
No has cambiado, siempre tan optimista.
Tal vez es todo lo que me queda ahora que estoy cerca de la muerte y de saber que mi primer amor me matará. Si que las casualidades son unas perras, ¡no? Tanto que te esperé y estás aquí, para estar presente en mi último aliento.
Estela, siempre pensé en ti.
Sí me olvidaste, si me hubieras tenido presente jamás te habrías convertido en esto –guardó silencio mientras lo miraba fijamente–. Tengo miedo.
Él también tenía miedo pero no se atrevió a decírselo en voz alta. Tenía poco tiempo para ejecutar la orden.
Sombra miró la habitación. Se dirigió al estante de los cuchillos y tomó uno largo y plateado. Vio la expresión de Estela de desconcierto y sonrió con tristeza.
No es para ti –tomó el cuchillo y lo enterró con firmeza al costado de su abdomen. Ella se sobresaltó y el se tragó su dolor, era la mínima penitencia por lo que estaba a punto de hacer. Aparentar frente a ella que era fuerte mientras se cortaba para guardar las apariencias–. Tranquila, no dañará ningún órgano vital –dijo mientras se hacía otro corte en el antebrazo.
Con calma, acomodó los cabellos sueltos de Estela detrás de las orejas y la acercó a él.
Lo siento mucho. Será rápido, no dolerá.
Pero ellos dijeron que había órdenes de…
No importa lo que ellos dijeron. Ahora soy el dedo de Dios. Yo decido cómo mueres.
Desató los nudos que sujetaban sus muñecas. Con su mano izquierda tocó el pecho de la mujer para sentir su corazón, la mantuvo ahí sintiendo sus latidos. Después tomó su barbilla con suavidad y acerco sus labios a los de ella mientras acercaba la pistola al punto exacto, en la sien. La besó sin ansias pero con firmeza, su boca parecía encajar perfectamente. El sonido del disparo rompió el silencio y sintió contra su boca el último aliento de Estela. Su cuerpo inerte se abandonó sobre él. La abrazó con fuerza y la sostuvo para que no cayera. La depositó con gentileza en el suelo y lloró.
La primera vez que tuvo que matar a alguien se tragó sus temores y la culpa. Esta vez no tenía el control sobre sí mismo. Se permitió desahogarse unos breves minutos. Después secó sus lagrimas dispuesto a fingir, como siempre, que no era un asesino, sino un verdugo que usaba cuerpos como los lienzos de sus obras de arte.
Salió del lugar cinco minutos después.
¿Qué te pasó? ¡No me digas que te dio trabajo la chiquita? –se burló Esteban.
La muy maldita se había desatado y se me fue encima. Casi me clava el cuchillo en el pecho pero me defendí a tiempo y le di un plomazo.
Puta madre, entonces la terminaste matando de un disparo. El jefe la quería bien jodida para que nadie se atreva a difamarlo nuevamente.
Pues la quería muerta, que se conforme.
Anda pues, marcale al Jefe Sabino y vamos a apurarnos con este six que hay que ir a tirar el cuerpo. Mañana sí que será noticia, tal como le gustaba a la chiquilla. Tendrá por fin la nota estelar que la hará famosa –los tres rieron y brindaron por otro día de trabajo exitoso.


domingo, 16 de junio de 2013

Tan igual y tan distinta

A casi tres años de haber abandonado este blog, he regresado. Sí, soy yo, y sin embargo ya no soy la misma. En aquel agosto del 2010 todo cambió.

Meses antes de aquel agosto estaba a punto de terminar la universidad y conocí al que hasta hace poco sería el amor de mi vida. Descubrí los besos que te llevan al cielo y muchas cosas más. Fui muy feliz, también muy infeliz.

A finales de ese mismo año terminé la universidad y caminé a la deriva. Tuve un empleo frustrante que me enseño mucho, y aprendí que aunque a veces no sabes que quieres, al menos es importante saber que NO quieres.

A finales del 2011 terminé mi empleo frustrante y estuve un año nuevamente a la deriva, probando mil lugares hasta encontrar el mío, aunque he de aceptar que me llevó mucho tiempo hallar mi lugar.

Afortunadamente 2012 me abrió un nuevo panorama. La casualidad y algunas buenas decisiones tomadas en el pasado me llevaron a mi empleo actual; encontré mi lugar.  También en ese mismo año decidí tomar una de las decisiones más importantes de mi vida, me despedí de las amigas inseparables con las que compartí un hogar durante cinco años y formé un nuevo hogar con el que hasta hace poco creí, sería el amor de mi vida.

En marzo de este año mi vida dio otro cambio. Mi hogar y mi amor se esfumo, no por terceras personas. Se acabó cuando por fin acepte que esa relación nunca fue de dos, y como la otra parte nunca estuvo dispuesta a cambiar, decidí decir adiós antes de tener toda una vida frustrada e infeliz.

Puedo estar agradecida por todos esos años porque ahora sí sé lo que quiero y hacia donde voy. Aún me queda un largo camino de aprendizaje y experiencia que estoy dispuesta a descubrir.

Ahora soy una profesionista con un trabajo que me encanta y que diariamente me enseña algo. Tengo mi hogar sin tener que compartirlo con amigos (o con el que creía sería el amor de mi vida), soy fuerte, independiente y con nuevas metas.

¿Qué sigue? Muchas cosas. Por lo pronto seguir preparándome en el ámbito profesional, concretar un par de proyectos personales y laborales. Y el tiempo dirá si le doy una nueva oportunidad al amor. Porque después de tantos años y tantas cosas vividas, alguien del pasado regresó, alguien que hace cinco años quiso algo y no se atrevió, y que ahora viene dispuesto a todo. Pero eso será una historia para otra ocasión… 

jueves, 12 de agosto de 2010

La espera


Dama de honor

Mientras lo esperaba llegaron recuerdos de aquella boda.

Me llenaba de alegría que ella estuviera con el hombre que amaba. Las damas y los amigos del novio estañan en parejas; yo llegue sin compañía –Mi familia y amigos estaban ocupados y no pudieron acompañarme- pero no me molestaba. La ceremonia termino y no supe en que momento quede sola en las afueras de la iglesia. Los únicos conocidos –la novia, su familia y el novio– ya se habían ido. Recuerdo que fue en ese momento que la incomodidad se apodero de mí, las calles estaba desierta y solo quedaban un par de rezagados. Nunca antes me había molestado estar sin compañía hasta ese momento

En ese entonces “el chico solitario” me tenia embelesada, apreté mis puños y desee que llegara, me sonriera y dijera lo hermosa que me veía; que no me preocupara; que todo estaría bien. Yo sonreiría y le abrazaría; pero nunca llego. Me sentí frágil, pequeña porque en ese momento repare en algo que me negaba a aceptar: estaba sola. Estaba ahí luciendo un vestido que odiaba por hacerme destellar de esa manera para nada, para nadie.


El chico de los sueños

¿Alguna vez esperaron una llamada que jamás llego?.....


Él

Aquella tarde....

¿Acaso todo podría ser diferente esta vez?Deseaba decirle lo mucho que lo extrañaba, que odiaba que se enojara por tonterías, que me preocupaba por él aunque no pareciera y que deseaba contarle mil cosas mientras dejábamos pasar la tarde entre besos y abrazos; sin embargo sabía que no llegaría y aun así me aferraba a la esperanza de que mientras estaba distraída se acercaría abrazándome de espaldas, susurrando un hola en mi oído, un hola que jamás llego. Las lágrimas comenzaron a emerger a mi pesar ¡Lo merecía!

En cada época la misma historia:siempre esperando“tic, tac, toc”... y decidí ya no esperar más.




lunes, 26 de julio de 2010

Un beso de despedida

Se esfumo como todo aquello que idealizamos porque me costo entender que el era eso: una ilusión.

Sentía que jamás volvería a ser feliz, pero ahora son recuerdos vagos que no llegan a mi mente con suficiente detalle. Algunas personas dicen que siempre prevalecen en nuestra mente los malos recuerdos anteponiéndose a los buenos y confieso que así fue, pero al final decidí quedarme con los mejores momentos.

Solo fueron un par de besos ¿Quién arma lio por un par de besos? Los que quieren de verdad; los que no quieren dañar; los que desean proteger y ser protegidos; amar y ser queridos, los tontos, los patéticos, los románticos, los difíciles; los que no quieren ser amados; los que no quieren amar; los que se sienten solos; los que se sienten rodeados; porque alguna vez en la vida de alguien un “simple beso” también represento un mundo.

Si tuviera que retroceder el tiempo no cambiaría nada porque gracias a él (aunque no este enterado) madure, crecí y deje de ser la niña débil; la que dibujaba castillos en el aire y sufría al ver como el viento se los llevaba. Aun ahora puedo seguir trazando aquellos castillos usando el cielo como un lienzo, y aun cuando caiga la noche llevándose mi obra maestra soy capaz de mantenerme serena y llorarle un minuto pero ser capaz de continuar en mi labor hasta que se vuelva tan solido que ni una noche oscura o una gran tormenta pueda arrebatarme aquello que es mío, solo mío. La vida es así de inesperada y no puedo desmoronarme cada vez que algo me tome de sorpresa. Debo afrontarlo, se que puedo afrontarlo.

Mi vida ha llegado a un punto en que es más soportable el dolor; poder vivir con ello y luchar contra ello. Llorar lo que necesite llorar, gritar si quiero gritar, dejarlo escapar y así ser capaz de continuar sin carga alguna. Aprendí a vivir, a ser feliz tanto en las penas como en las alegrías, no importa de que forma sea pero la felicidad es algo que no debemos dejar que se pierda.

La última vez fui yo quien le bese -sabía que sería el último aun cuando no me lo había planteado anteriormente- Esta vez no hubo rastro de aquel primer beso, espontaneo dulce, como si me hubiese pertenecido desde siempre porque esta vez ya no era mío y comprendí que jamás lo fue.

Aquella noche llore mucho porque me sentía incapaz de dejarlo ir pero debía tomar una decisión, no por su bien -porque me confieso egoísta- sino por mi propio beneficio. Aquella noche me tome la libertad de odiarlo un momento aunque poco me duro pues no soy capaz de ser tan vil para mantener esa clase de sentimiento.

Aquella noche supe que debía alejarme. Era lo mejor ya que hay momentos en que no se debe pensar con el corazón sino con la mente. Hay momentos en que no hay que ser idealistas sino racionales, era la única forma de dejarlo ir… y lo logre

PD: Por tu comprensión y tu paciencia, así como por tus ánimos ¡Gracias Valeria!

viernes, 9 de abril de 2010

Mi primer beso

“La decisión del primer beso es la más crucial en cualquier historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición” Leí alguna vez, aunque yo digo que también contiene la perdición.

Me sentía confundida respecto a mis sentimientos pero intentaba alejarlo de mi cabeza. El era mi mejor amigo, yo su mejor amiga pero justo ese día acepte lo que sentía y que tanto negaba. Me estaba contando acerca de una de sus citas y sentí celos, ahí lo supe, lo acepte pero decidí que no haría nada, tal vez se me pasaría y, probablemente todo hubiese seguido igual si no hubiese hecho lo que hizo: me beso

Con el fue mi primer beso más allá de las hormonas. Diferente al que le di a mi primer novio, a el chico que me gustaba o a el primo de un amigo, pues a pesar de que era placentero con ellos no sentía nada, solo era un beso.

Hablábamos del futuro, el me decía que un día nos separaríamos, que yo formaría una familia y terminaríamos alejándonos. Me enternecí, bese su mejilla, él atrajo mi rostro mas cerca y beso mis labios, me quede estática “¿me esta besando?” aunque no tuve tiempo de ahondar tanto en ello pues le correspondí.

Aquel beso fue corto, tierno, me sentí en las nubes, emoción, felicidad. Me avergoncé por haberme dejado llevar pues no sabía si había hecho lo correcto, si debía confesarle mis sentimientos, pero las palabras se quedaron atoradas en mi garganta y al verme callada me pidió disculpas, me abrazo, lo abrace y sin darnos cuenta otra vez nos besábamos, resultaba tan natural, como un rompecabezas con todas las piezas en su lugar.

Si me hubiese besado alguien que solo me gustaba no hubiese sido tan grave para mi, pero el no solo me gustaba, lo quería y ese beso me hizo albergar una tonta esperanza. No es lo mismo que te bese cualquier otro a que lo haga esa persona especial.

Se que las cosas no se cambian y no me arrepiento de ello pero aun así sentiré siempre esa espina clavada, lo detesto por haberme besado y yo tonta por corresponder lo detesto por hacerme albergar una ilusión con ese gesto que para el solo significaba curiosidad, –saber como besa su amiga- el momento, mientras que para mi significaba por fin estar con la persona que mas quería, la que me aceptaba por completo, la primera persona real, no platónica, que no provenía del chico que solo conocía de vista o del personaje de un libro.

El era real y sin embargo se esfumo.

jueves, 4 de marzo de 2010

A través de sus ojos

Nota: Lo que les presento a continuación es un artículo de una amiga para su clase de periodismo. Se los presento por que así me conocen a través de otros ojos. Por cierto, tuvo mención especial y no por que hablara de mí, sino por que es excelente escritora.

Por: Gabriela Cárdenas Cruz

Con un andar apresurado, tan distante a su entorno y sin que nadie se lo imagine con la mente saturada de pensamientos, sueños, ideas y cavilaciones. Así es ella, quien llama la atención por su manera de caminar y porque su cuerpo con curvas es inevitable no notar.

Para quien no la conozca puede ser una alumna más, si es la primera vez que se la topan en una clase, no la recordarán a la segunda, tal vez ni a la tercera, pues su silencio, se ve interrumpido solo por un “presente” o por la ya conocida y obligada presentación que algunos maestros aún aplican. Sin embargo mientras las clases van transcurriendo y se van adentrando a la materia, va emergiendo poco a poco la fuerza que esta mujer lleva dentro.

Amante de los libros, de las historias de ficción, de las novelas buenas y no tan buenas, de los animes japoneses, escritora principiante que tiene un excelente sentido y tacto para describir esas ideas que desbordan de su imaginación.

Así es Yumey, una estudiante que sabe esforzarse por lo que le gusta, la apasiona, que cuestiona y defiende sus puntos de vista, respeta las opiniones de los otros. Detesta la superficialidad sea en quién sea, desde compañeros, lo mismo con profesores y gente en general.

Reconoce que los libros, los viajes y las personas que aportan cosas positivas y que te enseñan a ver la realidad del mundo, son los mejores maestros con los que se pueda topar.

Podrá no ser la alumna de 9 y de 10, pero no se aflige porque para ella lo más importante es capturar los conocimientos esenciales para desarrollarse en el ámbito que desee. Y lo que es mejor, quienes la conocemos y la han tratado mas allá de una simple plática escolar, nos damos cuenta que tiene un gran potencial como educadora, su interés por investigar y adentrarse en los temas que le interesan, su pasión oculta por el debate y la controversia sin exageración, así como la naturalidad para escuchar, leer y captar ideas la convierten en una candidata idónea para la docencia.

Trabajadora y emprendedora, ama a su familia y a pesar de eso es independiente, sus valores los conoce muy bien aunque en ocasiones los cuestione, se enoje y termine peleándose con el mundo su esencia es la misma. Sabe que algunas cosas en la vida son difíciles más no imposibles.

Su claro oscuro es tan humano, como el respirar de cada uno de nosotros, malas rachas laborales, escolares, familiares y uno que otros dolores de cabeza por “algunos idiotas que no saben madurar en tiempo y forma” como ella nombra a esas personas del genero masculino que solo saben pensar en ellos.

Si, ella es mi amiga, una excelente persona, tan sencillamente humana, pero de las que muy pocas quedan.